Tras dos semanas de cumbre climática, ayer viernes parecía que finalmente no habría consenso. Por eso los delegados acordaron continuar un día más la reunión. Al final, la prórroga ha dado sus pequeños frutos.
La posición de la Unión Europea, que intentó que en el acuerdo aparecieran cifras concretas de reducción de emisiones, chocaba frontalmente con la de los países emergentes y los Estados Unidos. Unos porque no se consideran responsables y no aceptaban cifras a menos que los países industrializados se comprometieran primero, y el otro simplemente seguía la trayectoria de negación y “no a todo” de los últimos años.
Los países emergentes, con India a la cabeza, aceptaron al parecer el reto, pero con una condición: los países en desarrollo participarían en el esfuerzo conjunto de reducción de emisiones con un sistema cuantificable y verificable, siempre y cuando recibieran a cambio ayudas tecnológicas y financieras también cuantificables y verificables.
La delegada norte-americana Paula Dobriansky siguió su papel al pié de la letra:
No podemos aceptar eso.
El abucheo de las más de 3000 personas de la sala fue general. Dos semanas de negociación parecían sentenciadas, como siempre, por una frase proveniente del delegado estadounidense.
Todos los países recriminaron en su turno de palabra esa actitud, hasta que le llegó el turno a Papúa Nueva Guinea, que le dijo a los Estados Unidos que si no pretendía colaborar, se retirara del camino para dejar vía libre a los demás.
Al parecer, tuvo éxito. Dobriansky volvió a tomar la palabra y finalmente aceptó el trato. Por primera vez se oyó una ovación a la delegación americana.
Seguidamente se fueron aprobando todos los puntos, e incluso el nombre del documento: Hoja de Ruta de Bali.
Al final, la Hoja de Ruta acuerda la transferencia tecnológica a cambio de acciones concretas de reducción, y en una nota no vinculante, la necesidad que los países industrializados reduzcan sus emisiones entre un 25 y un 40% para 2020.
La próxima cumbre será en Copenhagen dentro de dos años.